Estar Ocupados También es un Hábito

Estar ocupados también es un hábito

¿Qué ocurre en nosotros cuando no tenemos nada que hacer?

Llegamos a casa cansados. Sabemos que necesitamos descansar, pero antes de sentarnos recogemos algunas cosas, respondemos un mensaje o dejamos preparada alguna tarea para mañana. Cuando finalmente aparece un momento libre, buscamos algo con qué llenarlo.

Hemos aprendido a estar ocupados.

Con el tiempo, un hábito puede dejar de sentirse como una elección y convertirse en una manera automática de estar.


No siempre podemos parar

Hay un matiz importante. No todas las personas disponen del mismo margen para detenerse. Hay trabajos, cuidados, hijos, familias, responsabilidades económicas y circunstancias personales que exigen nuestra atención. Hay momentos de la vida en los que, aunque estemos cansados, tenemos que continuar.

Por eso esta reflexión no pretende decirnos que debemos hacer menos. La pregunta aparece en esos momentos en los que sí existe un margen:

¿Qué hacemos entonces con ese espacio?

Cuando hacer se convierte en una manera de estar

Hacer puede proporcionarnos sensación de control. También puede hacernos sentir útiles. Y otras veces, simplemente, llena el espacio.

Una espera se convierte en una pantalla. Un silencio se llena con música. Unos minutos libres se convierten en otra tarea.

Quizá hemos aprendido a medir nuestros días por todo lo que conseguimos hacer. Y aquí aparece algo más profundo: cuando durante mucho tiempo nos reconocemos a través de la acción, el espacio de no hacer puede empezar a resultarnos extraño.

No necesariamente porque estemos evitando algo. Quizá simplemente hemos aprendido a sentirnos más cómodos haciendo que estando. Entonces hacer deja de ser solamente algo que hacemos. Puede convertirse en nuestra manera habitual de estar en el mundo.

¿Quién soy cuando no estoy haciendo?

No hace falta responderla.


Cuando el ritmo llega al cuerpo

Esta forma de estar también puede expresarse corporalmente. El día termina, pero el cuerpo puede seguir preparado para lo siguiente. La mandíbula permanece activa, los hombros tensos, la respiración todavía acelerada.

No necesitamos interpretar inmediatamente estas sensaciones. Podemos utilizarlas como una señal para detenernos un instante y mirar.

¿Qué está ocurriendo ahora?

A veces basta con reconocer que llevamos un tiempo haciendo fuerza sin habernos dado cuenta.

Una pregunta diferente

En lugar de preguntarnos:

¿Cómo puedo aprender a descansar?

quizá podamos empezar por otra pregunta:

¿Qué ocurre en mí cuando no tengo nada que hacer?

La primera puede convertirse rápidamente en otra tarea. La segunda abre un espacio de observación. Puede aparecer aburrimiento, inquietud, impaciencia o el impulso de coger el teléfono. También puede no ocurrir nada especial. No necesitamos provocar una experiencia determinada. Solo descubrir qué hacemos cuando no hay nada que hacer.


CUATRO PROPUESTAS PARA EXPLORARLO

Estas propuestas no buscan enseñarte a descansar. Son pequeñas experiencias para observar nuestra relación con el hacer. No necesitas realizar las cuatro. Elige una y pruébala durante algunos días.

1. Un minuto sin hacer

Busca un momento en el que puedas sentarte durante un minuto. Sin teléfono, sin música, sin leer. No intentes relajarte. Simplemente permanece ahí. Observa la mandíbula, los hombros, las manos, el abdomen y la respiración. Después observa qué sucede con tu atención. ¿Aparece rápidamente la necesidad de levantarte, mirar algo o pensar en lo siguiente?

No necesitas impedirlo. Solo reconocerlo.

¿Puedo permanecer aquí sin tener que cambiar lo que estoy sintiendo?

Un minuto puede parecer insignificante. Precisamente por eso puede resultar revelador.

2. Una cosa a la vez

Elige una actividad cotidiana: tomar un café, comer, caminar o conversar. Haz solamente eso.

Observa cuándo aparece el impulso de dividir la atención. Mientras tomas el café, quizá quieras mirar el teléfono. Mientras comes, quizá aparezca el pensamiento de un mensaje pendiente. Mientras alguien habla, quizá ya estés preparando tu respuesta.

No intentes hacerlo perfecto. Simplemente vuelve a lo que estás haciendo.

¿Cuánto de este momento estoy realmente viviendo mientras ocurre?

3. Quedarse antes del límite

Lleva la observación a tu práctica de yoga. Elige una postura que conozcas bien. Por ejemplo, Uttanasana. Entra en ella hasta encontrar un límite cómodo. Y ahí, quédate. Observa. Quizá aparezca enseguida el pensamiento: "Puedo bajar un poco más."

Antes de hacerlo, observa. ¿Tensas el cuello? ¿Contienes la respiración? ¿Aumenta el esfuerzo? ¿Aparece la sensación de que, si no avanzas, estás haciendo menos?

La pregunta no es:

¿Hasta dónde puedo llegar?

sino:

¿Qué hago cuando aparece el impulso de llegar más lejos?

Esta observación puede acompañarnos también fuera de la esterilla: en el trabajo, en el ejercicio, en nuestras obligaciones o incluso en la dificultad para terminar algo cuando ya sería suficiente.

4. Dejar un espacio sin llenar

Elige un momento que normalmente ocupas con alguna actividad: una espera, un trayecto, el café de la mañana o los minutos antes de dormir.

Durante diez minutos, deja el móvil aparte. No pongas música. No busques nada que hacer.

Y observa.

Puede aparecer aburrimiento, inquietud, pensamientos o simplemente silencio. No necesitas convertir ese espacio en una experiencia especial. La práctica consiste precisamente en no añadir nada inmediatamente.

¿Necesito llenar este espacio o puedo permitir que exista?


NO CONVERTIR LA OBSERVACIÓN EN OTRA EXIGENCIA

Hay algo importante después de estas propuestas: no conviertas la observación en otra forma de exigencia.

No necesitas conseguir calma, dejar de mirar el móvil ni completar las cuatro propuestas. Si aparece inquietud, aburrimiento o impaciencia, eso también forma parte de la experiencia.

La práctica no consiste en eliminar esas respuestas, sino en empezar a verlas con mayor claridad.

Cuando vemos un patrón, aparece una posibilidad: decidir si queremos seguir respondiendo de la misma manera.

Una mirada desde el yoga

El yoga no solo nos invita a observar qué hacemos. También puede mostrarnos cómo nos relacionamos con lo que hacemos: el esfuerzo, el límite, la impaciencia, el deseo de avanzar y la dificultad de quedarnos.

Una postura puede convertirse así en un pequeño laboratorio de nuestra relación con la acción.

Ese "un poco más" que aparece en Uttanasana puede aparecer también en otros lugares: un poco más de trabajo, un poco más de productividad, un poco más de control. Y quizá la práctica no consista siempre en avanzar. Sino que, a veces, puede consistir en reconocer el impulso antes de obedecerlo.


¿Y SI EL DESCANSO TAMBIÉN SE HA CONVERTIDO EN UNA TAREA?

Vivimos en una cultura que puede convertir casi cualquier aspecto de la vida en algo que debemos mejorar. Dormir mejor. Comer mejor. Respirar mejor. Meditar mejor. Descansar mejor.

Incluso el descanso puede convertirse en otra forma de hacer. Algo que tenemos que conseguir. Algo que tenemos que hacer correctamente.

Pero quizá descansar no consista en alcanzar un estado determinado. Quizá empiece cuando dejamos de añadir algo más y nos permitimos notar cómo estamos. Sin medir. Sin corregir. Sin convertirlo en una nueva meta. Porque quizá el primer paso no sea dejar de estar ocupados. Quizá sea darnos cuenta de que todavía estamos corriendo cuando ya no necesitamos hacerlo.


Para llevarte contigo

Durante los próximos días, elige una de las cuatro propuestas. No busques una conclusión. Observa. Y cuando aparezca ese pequeño impulso de hacer algo más, antes de seguirlo, pregúntate:

¿Realmente necesito hacer algo ahora?

Tal vez no tengas que responder.

Tal vez puedas dejar la pregunta abierta.


Susana Águila
Yoga Terapia · Cuerpo Consciente