Cuando dejas de oponerte, algo cambia

A veces, lo que más buscamos cambiar es también lo que más necesita ser comprendido. El siguiente artículo  es una invitación a mirar de otra manera, a explorar qué ocurre cuando la relación con lo que vivimos se suaviza.

Queridos lectores,

Hay un movimiento muy arraigado en nosotros: el impulso de corregir lo que incomoda. Queremos que lo que sentimos sea distinto, que lo que pensamos sea más claro, que la vida se ajuste a una idea previa de cómo debería ser. Y en ese intento constante, casi imperceptible, se va generando una tensión que no siempre reconocemos como tal.

¿Y si el conflicto no estuviera en lo que ocurre, sino en la forma en que nos relacionamos con ello?

En ocasiones, el malestar no nace de la experiencia en sí, sino de la distancia entre lo que es y lo que creemos que debería ser. Esa distancia es resistencia. Y, sostenida en el tiempo, se convierte en desgaste. En la experiencia cotidiana, esto puede ser muy sutil. Puede aparecer como una ligera rigidez al despertar, en la dificultad para concentrarse en algo simple, o en una irritabilidad que no termina de explicarse. Sin darnos cuenta, el cuerpo entra en oposición: hay una pequeña contracción, una respiración más superficial, una especie de "no" interno frente a lo que está ocurriendo.

El organismo entonces intenta corregir, controlar o alejar aquello que percibe como incómodo, intentando recuperar una sensación de equilibrio. 

  • Queremos calma cuando hay inquietud. Queremos certeza cuando hay duda. Queremos control cuando algo escapa a nuestro alcance.

Hay experiencias que no necesitan ser modificadas, sino comprendidas. Sensaciones que no piden ser eliminadas, sino escuchadas. No es una invitación a la pasividad. Es, quizá, una forma distinta de relación. Cuando esa oposición se suaviza —aunque sea apenas— algo en el sistema cambia. No porque hayamos hecho más, sino porque dejamos de hacer contra. 

Y en ese espacio empieza a aparecer otra cualidad: más amplitud, más claridad, un poco más de descanso interno. No siempre ocurre de inmediato. No siempre es evidente. Pero hay un momento —sutil— en el que el cuerpo deja de insistir…y algo, sin ser forzado, comienza a reorganizarse.

A veces lo noto en gestos muy pequeños. En una respiración que se vuelve un poco más amplia sin buscarlo, en el cuerpo cuando deja de sostenerse con tanta fuerza. No es algo que haga, ni algo que pueda forzar. Más bien aparece cuando dejo de intervenir tanto. Tal vez te resulte familiar… ese momento en el que algo se afloja sin haberlo intentado.

Y no se siente como una renuncia, sino como una forma más fina de escuchar. Como si, por un instante, ya no hiciera falta ir a otro lugar. Y en ese no moverse, algo —en ti, en mí— encuentra su propio orden.

Una breve invitación

Si en algún momento del día surge incomodidad, puedes probar algo muy simple:

Detente un instante. Sin intentar cambiar nada, observa lo que está presente. Tal vez una emoción, un pensamiento, una sensación interna. En lugar de corregirlo, pregúntate con suavidad:

¿puedo dejar de oponerme a esto, solo por ahora?

No como una idea, sino como una pequeña experiencia. Permanece ahí unos momentos. Sin prisa. Sin objetivo.

A veces, es suficiente con ese gesto mínimo para que algo comience a ordenarse por sí mismo.

Con presencia,

Susana 


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